Siete cuerpos que se vuelven uno integrándose con la música que se absorbe en la piel y sale por los poros.
Retumba el suelo de madera que cruje en cada remate sincronizado, las figuras se pierden frente al espejo y vuelven en el reflejo de las miradas agazapadas en las sombras, tras la puerta entreabierta.
Las faldas floreadas, riegan los pétalos entre los olanes que bailan.
Blancas sonrisas con marcos rojos se pintan en el rostro de las bailarinas que colocan su espalda hacia atrás y retoman el paso.
Hebillas plateadas, cintos de cuero y botas que imponen e invitan al espectador a la juerga.
El público improvisado se embelesa con la fiesta de tacones, faldas, flores y hombres gallardos, donde el aperitivo se llama júbilo y el plato fuerte lo sirve la siguiente pieza.
El alborozo se desborda mientras aquellos que lo protagonizan se elevan en el aire al compás de una armonía que sabe a gloria.
Al término del jaleo la gente se desvanece en la oscuridad de las nueve de la noche y se olvidan de los danzantes sin nombre. Se difuminan las sonrisas blancas y se marchan los ojos de la monotonía, se acalla la música, las luces se apagan, la puerta se cierra.
