
¡Que sienta el calor del fuego!,
¡que vibre en la llama pura!,
entre el cielo y el infierno
no hay lugar para la duda.
Ni el miedo o la alegría,
el amor es solo un mito,
mucho menos para él
que es un traidor: ¡muerte o castigo!.
Ayer bañado en oropel
tomaste el vino más fino
y escupiste tus entrañas
en la cara del destino.
Hoy tendrás sobre tu piel
llagas como vestidura,
beberás tu propia sangre,
comerás tu pena cruda.
Te ofrendamos nuestras vidas,
en tus manos palpitaban,
y sin rastro de clemencia
las ahogaste entre tu sarna.
Con la soga del destierro,
apretada a su sonrisa,
será extinta lentamente,
al traidor: ¡daremos muerte!.


