
La calle bañada en negro holganza,
se fuma el desliz, la culpa, el miedo,
sentado en la acera, no hay bonanza;
la luz mercurial ensalza al verso.
Vestidos de furia y rebeldía,
bailando con música que alivia
la herida que el mundo ha lacerado,
por no serle fiel a su apta guía.
Tatuajes que avivan el pasado,
arrancan la piel y se liberan,
te vuelven más fuerte y valeroso,
escudos que al débil vuelven loco.
Y atamos el ser a un sueño presto,
que empuña el deseo de albedrío,
de hacer libertado el pensamiento
para caminar con pleno brío.
¡Que tachen de indolente al penitente!
a quien es distinto y ve de frente,
y que se alboroza, al que en verdad goza,
al que se distigue por no andar de rosa.
Mientras la voz no amanse el tiempo,
y no haya réplica al lamento,
la calle habrá de ser cobijo,
de quien del clamor, es hijo...

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